Estamos en riesgo pedagógico. Cuando a la escuela se le pide todo
Una preocupación que atraviesa fronteras
En una nota que apareció en mi feed de LinkedIn, se abordaba un tema que ya no es una novedad para quienes trabajamos en educación. Distintos directores de colegios públicos y privados compartían una preocupación cada vez más presente en las instituciones educativas: las demandas sociales que llegan a la escuela exceden ampliamente su capacidad real de respuesta.
Violencia, convivencia, salud mental, uso de celulares, consumo de drogas, exigencias regulatorias, burocracia, demandas familiares, resultados académicos, inclusión, redes sociales, fiscalizaciones, protocolos. La lista crece.
Lo más llamativo —o quizás no tanto— es que la nota había sido publicada en un diario de Chile. Sin embargo, las problemáticas que allí se describen no están muy lejos de lo que también vemos en nuestro país. La escuela está siendo interpelada por múltiples dimensiones al mismo tiempo. Y aunque cada contexto tiene sus particularidades, la sensación de que debe responder a todo se repite y pasa fronteras geográficas.
Cuando lo pedagógico empieza a perder espacio
A esa lista de demandas sociales, institucionales y administrativas, hay que agregarle un punto que no podemos dejar de mencionar y son los desafíos pedagógicos. Estamos atravesando rendimientos preocupantes en alfabetización, comprensión lectora y otros aprendizajes fundamentales. Esto vuelve aún más compleja la situación, porque mientras la escuela intenta responder a múltiples urgencias, su tarea central también empieza a desdibujarse. Y particularmente es algo que me preocupa demasiado.
En este punto, cuando todo se vuelve urgente, lo importante empieza a perder espacio.
Y en la escuela, lo importante es enseñar, formar, sostener trayectorias escolares. Es construir comunidad. Es acompañar aprendizajes reales.
La escuela no está aislada de la sociedad
La escuela no es una isla dentro de la sociedad y la noticia lo deja expuesto. Lo que sucede en la vida social entra al aula, al patio, a las reuniones, a los equipos directivos y a las decisiones cotidianas. La escuela recibe, contiene, interpreta y muchas veces intenta resolver situaciones que no nacen exclusivamente dentro de ella.
El problema es que muchas de esas demandas llegan sin venir acompañadas de más tiempo, más herramientas, más formación o más estructura para abordarlas. Entonces aparece una tensión que ya está agotando porque se espera que la escuela responda a todo. Pero, ¿se le ofrecen las condiciones para hacerlo de manera profunda? En este sentido, quizás también nos esté costando encaminar este problema.
Demasiados platos girando al mismo tiempo
La imagen que se me aparece es la de esos platitos chinos que giran sobre varillas. Al principio parece posible sostenerlos: uno gira, después otro, después otro. Pero llega un momento en que ya no se trata de habilidad, voluntad o compromiso. Simplemente hay demasiados platos girando al mismo tiempo.
Cada demanda requiere atención, pero no todas pueden sostenerse con la misma intensidad, en el mismo momento y con los mismos recursos.
Es como hacer una analogía con las situaciones familiares. En las escuelas pasa algo parecido a lo que sucede en una familia tipo cuando todos los problemas estallan a la vez: una dificultad económica, un problema de salud, un conflicto vincular, una mudanza, una situación laboral, una situación emocional que desborda.
Cada situación, por separado, podría abordarse. Pero cuando todo ocurre al mismo tiempo, el margen de respuesta colapsa.
En ese punto, seguir respondiendo en automático no es suficiente. Hace falta parar, mirar el cuadro completo y barajar de nuevo. No para negar la realidad ni lo complejo de los asuntos, sino para distinguir qué requiere una decisión estructural y quién nos puede ayudar.
Porque cuando, por ejemplo, tenemos un problema de impuestos, llamamos a un contador. O si aparece un tema legal, consultamos a un abogado, o si hay una situación de salud, buscamos a un médico.
De la misma manera es necesario entender que hay cosas que nos exceden.
No porque no podamos pensar el problema y resolverlo, sino porque algunas situaciones necesitan una mirada específica para ordenarse mejor.
Tal vez las escuelas también necesiten habilitar esa lógica de pedir ayuda, construir red, sumar acompañamiento y dejar de esperar que todo se resuelva con los mismos recursos internos de siempre.
El liderazgo educativo bajo presión
En este escenario, el liderazgo educativo queda bajo una presión enorme. No solo por la cantidad de temas que debe atender, sino porque muchas veces debe decidir en medio de la urgencia permanente. Todo parece requerir respuesta inmediata.
Pero si todo exige el mismo nivel de atención, la escuela corre el riesgo de organizarse alrededor de la reacción. Y esto le deja menos margen para pensar, planificar, cuidar a sus equipos y sostener procesos de mejora.
Considero que estamos en un momento particular. En muchos casos, ya sabemos cuáles son las dificultades. Las nombramos, las diagnosticamos, las conversamos en reuniones, las compartimos en jornadas, las vemos en los datos y las sentimos en la práctica cotidiana. Pero muchas veces nos quedamos cortos en decisiones estratégicas.
Y esto no necesariamente responde a una falta de profesionalismo o de conciencia. Quizás, en parte, estamos girando en redondo, como el perro que se muerde la cola:
- Sabemos que hay sobrecarga, pero seguimos sumando demandas.
- Sabemos que hay desgaste, pero cuesta generar condiciones de trabajo más sostenibles.
- Sabemos que hay pérdida de mirada pedagógica, pero las urgencias siguen ocupando el centro de la escena.
- Sabemos que necesitamos mejorar aprendizajes, pero no siempre logramos construir los tiempos, acuerdos y estructuras necesarias para hacerlo.
Entonces me hago esta pregunta: ¿estamos frente a una crisis de liderazgo o frente a una crisis de sistema? Probablemente ambas dimensiones estén vinculadas. Quizás el desafío no sea seguir sumando platos al sistema, sino detenernos a revisar cuáles estamos sosteniendo, cuáles necesitan otro apoyo y cuáles están haciendo que perdamos el foco de lo esencial sin dejar de lado la realidad compleja.
Como compartió hace poco una colega, uno de los grandes desafíos actuales de la gestión educativa es recuperar el foco estratégico sin desconocer las demandas que atraviesan a la escuela.
Tampoco idealicemos a una escuela que solo se ocupa de enseñar, como si enseñar estuviera separado de la convivencia, la salud emocional, las familias o el contexto social. Pero sí hay que seguir construyendo una mirada más estratégica.
La escuela necesita distinguir qué debe resolver de inmediato, qué debe acompañar, qué debe derivar, qué debe ordenar institucionalmente y qué debe transformar en proceso de trabajo. Porque cuando esta mirada estratégica no existe, la carga que cae sobre los equipos directivos y docentes es como una suma interminable de urgencias. O, al menos, aparece la sensación de vivirlo así. Y eso desgasta.
No todo se resuelve desde adentro
Frente a esto, cabe preguntarse: ¿es falta de estructura?, ¿es falta de apoyo claro?, ¿es falta de políticas públicas que acompañen? Seguramente, un poco de todo.
Algunas soluciones deberán venir desde afuera; otras, inevitablemente, tendrán que construirse desde adentro. Cada escuela necesitará armar su propia estrategia para ordenar y organizar sus prioridades frente a su comunidad. Mirando desde lo más pequeño hasta lo más grande. Haciendo una lectura interna para luego poder expandirla.
Esto implica detenerse. Leer la propia realidad. Nombrar. Priorizar. Construir acuerdos posibles. Definir qué se sostiene, qué se adjusts, qué se posterga, qué se delega y qué requiere una intervención más profunda. Porque no alcanza con reconocer que la escuela está sobrecargada. También necesitamos preguntarnos cómo se organiza esa sobrecarga, quién la sostiene, qué decisiones habilita y qué decisiones está deteniendo.
Volver a crear condiciones para enseñar
Para seguir cumpliendo su función, la escuela necesita crear condiciones, sostener y acompañar para transformar la complejidad en decisiones estratégicas. Y es fundamental hacerlo entre todos.
Y acá es donde está sonando el teléfono. ¿Quién atiende?
Este es un teléfono que las autoridades no pueden dejar de atender. Suena para quienes toman decisiones sobre políticas públicas. Suena para recordar que este problema también les pertenece. Porque la escuela puede ordenar sus prioridades, revisar sus prácticas, construir acuerdos y fortalecer sus equipos, pero no puede sostener sola una demanda social que la excede.
La escuela necesita que la política haga su parte. No alcanza con sumar exigencias, protocolos y demandas si no se crean condiciones reales para enseñar, acompañar y sostener.
Cuando a la escuela se le pide todo, aparece el riesgo pedagógico. Y frente a ese riesgo, mirar para otro lado también es una decisión.
Gracias por llegar hasta acá y compartir este espacio de reflexión.
Abro el debate: Cuando a la escuela se le pide todo… ¿por dónde creen que deberíamos empezar?





