Neurodidáctica y creatividad: aprender, descubrir y enseñar de otras maneras
Hay clases en las que algo distinto sucede y lo percibimos casi de inmediato. Una pregunta despierta la curiosidad, alguien propone una respuesta que no esperábamos, el tema se conecta con algo que ocurrió días atrás y, de pronto, aquello que estaba planificado empieza a tomar otro giro. Entonces aparecen nuevas intervenciones y nos da lugar a conectarnos con otras cosas y todo fluye.
Sin embargo también conocemos la escena contraria. Explicamos, proponemos, volvemos a explicar y, aun así, cuesta sostener la atención. El contenido está , pero no necesariamente está ocurriendo aprendizaje. Todo parece trabarse.
Estas situaciones forman parte del día a día escolar y durante mucho tiempo las interpretamos, sobre todo, desde nuestra intuición y experiencia. Hoy contamos además con conocimientos que nos ayudan a comprender mejor algunos de los procesos que están detrás de esas escenas. Es que tienen un nombre, ya no es un parecer.
La neurodidáctica nos acerca precisamente a ese punto de encuentro entre lo que sabemos sobre el cerebro y lo que hacemos todos los días en la escuela. Y cuando sumamos la creatividad, el horizonte se vuelve todavía más interesante, porque aprender deja de ser solamente incorporar conocimientos y empieza también a significar explorar, relacionar, descubrir y animarse a encontrar otros caminos.
Comprender cómo aprende el cerebro para repensar cómo enseñamos
De la neuroeducación a la neurodidáctica
Durante mucho tiempo, pedagogía y neurociencia avanzaron por caminos diferentes. La pedagogía concentraba buena parte de sus preguntas en cómo enseñar y la neurociencia intentaba comprender cómo funciona el cerebro. Con los años, esos mundos empezaron a cruzarse y la educación encontró nuevas herramientas para interpretar procesos que observamos a diario.
La neuroeducación surge del encuentro entre neurociencia, psicología y educación. La neurodidáctica acerca todavía más esos conocimientos a la práctica, porque nos invita a preguntarnos qué hacemos con ellos cuando estamos frente a un grupo de alumnos.
Autores como David Bueno han realizado un importante trabajo de divulgación para acercar el funcionamiento cerebral al mundo educativo. Juan Ramón Gamo, por su parte, insiste en una distinción que me parece fundamental: la neurodidáctica no debería convertirse en una nueva receta metodológica, sino en un conjunto de conocimientos que ayuden al docente a comprender mejor cómo se producen determinados procesos de aprendizaje.
Esa mirada resulta especialmente valiosa porque mantiene al docente en el centro de la decisión pedagógica.
Podemos saber que la emoción influye en el aprendizaje, que la atención es limitada o que participar activamente favorece la construcción de conocimiento. Sin embargo, ninguna de esas afirmaciones nos dice exactamente qué hacer mañana con un grupo determinado de alumnos.
Conocer cómo aprende el cerebro nos amplía el mapa. Después tenemos que decodificar muy bien el territorio, reconocer quiénes están frente a nosotros y decidir qué caminos vale la pena recorrer. Ahí es donde se vuelve más interesante nuestro trabajo.
Cuando el cerebro encuentra razones para aprender
Emoción, curiosidad y atención en el aprendizaje
¿Te pasó alguna vez comenzar una clase con algo inesperado y notar cómo cambia el ambiente?
Una pregunta que desconcierta un poco. Una imagen que genera comentarios. Un objeto que nadie esperaba encontrar sobre el escritorio. Un problema que parece sencillo hasta que descubrimos que no lo es tanto…
La curiosidad tiene una enorme capacidad para movilizarnos. Algo de repente despierta atención y nos lleva a querer saber qué ocurre. Entonces te movés de lugar.
Pero captar la atención es apenas el principio.
Podemos preparar el inicio más sorprendente y lograr que estén atentos durante unos cuantos minutos pero después, necesitamos que algo suceda con esa atención. Y ese es el gran desafío de estos tiempos.
Stanislas Dehaene, al explicar los pilares del aprendizaje, incluye el compromiso activo como una de sus claves. Aprender requiere hacer algo con la información. Hay que anticipar, comparar, decidir, formular hipótesis, probar, recuperar conocimientos anteriores.
Tener en cuenta estos conceptos cambia bastante nuestra manera de pensar una clase.
A veces creemos que una buena explicación debería ser suficiente. Sin embargo, probablemente todos hayamos comprobado que comprender mientras alguien habla y poder reconstruir después aquello que se escuchó son cosas bastante diferentes.
Por eso cuando el alumno interviene, toma decisiones y pone sus ideas en juego, el contenido empieza a adquirir otra profundidad.
Un entorno seguro también favorece la creatividad
Hay otra condición que suele pasar más inadvertida y tiene mucho peso y es tener presente cómo se siente una persona mientras está aprendiendo.
Juan Ramón Gamo habla de la importancia de construir entornos emocionalmente seguros. Me gusta pensar esa idea desde pequeñas escenas del aula.
Un chico levanta la mano, responde y se equivoca. Inmediatamente después pueden pasar varias cosas.
Puede descubrir que equivocarse significa quedar expuesto frente a los demás o puede aprender que una respuesta incompleta también permite seguir pensando. Generalmente pasa lo primero porque estamos acostumbrados a penalizar el error o la burla del entorno se hace presente. Por eso hay que estar atentos.
Parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Si cada intervención implica el riesgo de ser juzgado, es lógico que muchos alumnos intenten encontrar la respuesta más segura. Y cuando lo único importante es acertar, queda menos espacio para probar algo distinto.
En ese espacio puede estar la oportunidad para que la creatividad se exprese.
Necesitamos poder decir “se me ocurre esto” antes de tener garantías de que funcionará. Animarnos a unir dos ideas que nunca habíamos relacionado. Plantear una hipótesis. Cambiar de opinión cuando contamos con más información o ponemos en duda las cosas.
¿Y la creatividad? Es mucho más que una actividad artística
Crear también es descubrir nuevas posibilidades
Durante mucho tiempo se asoció a la creatividad con pintar, inventar una historia, hacer música o diseñar. Y, por supuesto, todas esas experiencias pueden ser profundamente creativas. Pero la creatividad aparece en muchísimos otros lugares.
No solo es creativo quien es artista.
En mi caso particular, siempre me gustó observar, hacer preguntas y buscarle otra vuelta a las cosas. Con el tiempo, la escuela fue mostrándome que esa manera de mirar también estaba presente en los chicos, muchas veces de formas que pasaban desapercibidas. La escuela, para mí, se transformó en un escenario perfecto para desarrollar mi creatividad.
Porque en lo cotidiano podés descubrir un procedimiento diferente para resolver una cuenta o relacionar algo que estamos estudiando con una experiencia personal. En otros casos descubrís como un determinado grupo encuentra una forma inesperada de organizar un trabajo o alguien hace una pregunta de esas que no te esperás y te obliga a detener la explicación porque se abre una posibilidad que nadie había considerado. Entonces allí también hay creatividad.
Por eso me interesa pensarla como una manera de descubrir posibilidades.
Descubrir nuevas relaciones entre las cosas o ver una forma diferente de resolver algo. Hacerte una pregunta que todavía no te habías formulado o darle un uso distinto a un elemento determinado que ya tenía su función.
Ser creativo no significa producir ideas brillantes todo el tiempo, y mucho menos pertenecer a un grupo privilegiado de personas especialmente talentosas.
A veces crear empieza simplemente por poder ver algo desde otro lugar.
Si te detenés un momento a observar a los niños más pequeños verás que lo hacen con una naturalidad que siempre resulta fascinante. Una caja puede convertirse en una casa, un barco o una nave espacial sin necesidad de demasiadas instrucciones. El objeto sigue siendo el mismo; lo que cambia son las posibilidades que ellos ven en él. Por eso me parece fundamental incentivar la creatividad desde edades muy tempranas.
La creatividad se aprende, se practica y se cultiva
David Bueno ha señalado el enorme potencial creativo de la infancia y la importancia que tienen los entornos y las experiencias para desarrollarlo. Ken Robinson, desde otra perspectiva, dedicó buena parte de su trabajo a cuestionar la idea de que la creatividad pertenezca solo a unos pocos y a defender la necesidad de cultivarla dentro de los sistemas educativos.
La idea de que la creatividad puede cultivarse me parece central.
Porque en la escuela podemos ofrecer oportunidades para comparar soluciones, plantear problemas abiertos, explorar materiales, cruzar disciplinas, imaginar escenarios o defender una idea propia. Podemos hacer preguntas que no terminen exactamente donde nosotros habíamos previsto. Y muchas veces no necesitamos hacer cambios en los contenidos sino mirar con otros ojos.
Y las preguntas cumplen un papel fundamental. En vez de decir «resolvé este problema», con solo cambiar la pregunta y decir: ¿podrías encontrar otra manera de resolver este problema?, la cosa cambia.
Entre ambas consignas hay apenas unas palabras de diferencia. Sin embargo, la invitación cambia por completo porque estamos abriendo espacio para buscar, comparar y descubrir.
Por eso la creatividad también necesita planificación. Sí, aunque pueda sonar contradictorio, porque solemos pensar que lo creativo aparece de repente, como una ocurrencia espontánea. Pero muchas veces necesita tiempo, condiciones y oportunidades para desarrollarse. Planificar no significa controlar qué idea va a aparecer, sino preparar el terreno para que surja algo que todavía no conocemos.
Creatividad e inteligencia artificial. Es momento de revalorizar el pensamiento humano
Todo esto adquiere una dimensión nueva en la escuela actual.
La inteligencia artificial puede generar textos, resumir información, proponer alternativas y responder preguntas en segundos. Nuestros alumnos crecerán relacionándose con herramientas capaces de hacer muchas cosas que hasta hace poco asociábamos exclusivamente al trabajo intelectual humano.
Entonces aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que discutir solamente si debemos permitir o prohibir estas herramientas:
¿Qué tipo de pensamiento necesitamos desarrollar cuando acceder a una respuesta es cada vez más fácil?
Quizás necesitemos dedicar todavía más tiempo a aquello que permite hacer algo valioso con esas respuestas.
Saber preguntar. Interpretar. Dudar. Elegir. Relacionar información con un contexto. Reconocer cuándo algo no tiene sentido. Construir una posición. Imaginar alternativas.
La tecnología puede ampliar enormemente nuestras posibilidades, pero alguien tiene que decidir hacia dónde dirigirlas.
En ese escenario, la creatividad cobra una importancia enorme. No como una competencia entre humano y artificial, ni como una búsqueda permanente de originalidad, sino como la capacidad de producir sentido, encontrar relaciones y descubrir posibilidades . Y es allí donde las respuestas automáticas no alcanzan.
La escuela tiene hoy una oportunidad muy interesante: revalorizar aquello profundamente humano que ocurre cuando pensamos, conversamos, sentimos curiosidad y construimos algo con otros.
Crear también es probar, equivocarse y volver a pensar
El error como parte del aprendizaje y del proceso creativo
¿El error es parte del proceso creativo? Sí. Hay una relación muy estrecha entre creatividad y error.
Cuando estamos creando, pocas veces la primera idea es exactamente la que termina funcionando. Probamos, ajustamos, descartamos, combinamos y volvemos a intentar.
Aprender también tiene mucho de ese movimiento.
Dehaene señala el retorno del error como uno de los pilares del aprendizaje. Nuestro cerebro compara aquello que esperaba que ocurriera con lo que realmente sucedió y utiliza esa diferencia para ajustar.
Desde esta perspectiva, el error contiene información.
Sin embargo, la escuela no siempre lo trató así.
Durante años corregir significó, muchas veces, indicar simplemente dónde estaba lo incorrecto. Pero una marca que señala un error no necesariamente enseña qué hacer con él.
Me resulta mucho más interesante pensar qué preguntas pueden ayudar a volver sobre lo realizado.
¿Cómo llegaste hasta acá?, ¿qué parte revisarías?, ¿hay otra posibilidad?, ¿qué necesitarías comprobar? Son preguntas que invitan a pensar.
Entonces, la corrección deja de cerrar el proceso y empieza a abrirlo. Por eso estoy muy a favor de la corrección dialogada y el buen feedback.
El feedback puede convertirse en una herramienta poderosísima cuando ayuda a pensar y no solamente informa un resultado.
Ya hablamos del feedback en otro artículo, a propósito de la observación de clases. Aquí quiero recuperar solo una idea: cuando la devolución ayuda a revisar, ajustar y volver a intentar, el error deja de ser un punto final y se convierte en parte del aprendizaje.
Y también del proceso creativo.
¿Cómo empieza a verse todo esto en una clase real?
Pequeñas decisiones que abren grandes posibilidades
Cuando hablamos de neurodidáctica, creatividad, emoción o pensamiento divergente, podemos tener la sensación de que necesitamos transformar completamente nuestra manera de enseñar. Porque me imagino que te estarás pensando: ¿tengo que cambiar todo otra vez? No necesariamente.
Muchas veces todo empieza con movimientos pequeños.
Dar unos segundos más antes de responder nosotros mismos una pregunta. Pedir dos soluciones en lugar de una. Permitir que primero anticipen y después comprobar juntos. Invitar a explicar cómo pensaron antes de decir si está bien o mal podrían ser esos primeros cambios.
También podemos cruzar contenidos con juego, movimiento, arte o exploración cuando eso ayude verdaderamente a comprender. Durante años descubrí cuánto puede enriquecer una propuesta ese diálogo entre áreas que muchas veces presentamos por separado.
Y podemos aprovechar algo tan sencillo como escuchar con atención las asociaciones que hacen los alumnos.
A veces estamos tan concentrados en llegar al objetivo que dejamos pasar una idea que podía llevarnos por un camino muy rico.
No significa abandonar la planificación. Significa tener suficiente claridad acerca de hacia dónde queremos ir como para reconocer que quizá exista más de una manera de llegar.
Planificar también puede significar dejar espacio creativo
Esta es una de las ideas que más me interesan porque planificar una clase no implica prever cada respuesta.
También podemos planificar preguntas abiertas, momentos para investigar, espacios de intercambio, problemas que admitan diferentes estrategias o instancias para volver sobre una primera idea.
Porque pensar lleva tiempo y necesita espacio. Y descubrir también.
Cuando todo está excesivamente pautado, el alumno aprende a seguir determinados patrones. Eso es necesario muchas veces. Pero si queremos que además aprenda a construirlos, tendremos que dejar algunos tramos abiertos. Porque al cerebro le encanta predecir y la idea es explorar.
Una escuela que necesita nuevas maneras de pensar
La escuela tiene la responsabilidad de transmitir conocimientos construidos durante generaciones. De eso no hay dudas. Nuestros alumnos necesitan esos saberes para comprender el mundo.
Pero el mundo que van a habitar también les pedirá enfrentarse a situaciones que todavía no podemos anticipar. Por eso quizá tengamos que pensar ambas cosas juntas.
Enseñar lo conocido y, al mismo tiempo, conservar viva la capacidad de preguntar.
Transmitir conocimientos y permitir que se relacionen de maneras nuevas.
Ofrecer herramientas y animar a descubrir otros usos posibles.
En este punto, neurodidáctica y creatividad se encuentran de una manera especialmente fértil. Comprender mejor cómo aprendemos puede ayudarnos a crear experiencias más significativas; cultivar la creatividad puede ampliar aquello que nuestros alumnos son capaces de hacer con lo aprendido.
Aprovechar y convertir las posibilidades en oportunidades
La neurodidáctica nos ofrece conocimientos que pueden ayudarnos a mirar de otra manera escenas que ya conocemos: la atención que aparece y se pierde, la emoción que acompaña el aprendizaje, el valor de participar, el error que obliga a revisar y el tiempo que necesita aquello que queremos recordar.
La creatividad agrega una pregunta que me gustaría dejar abierta:
¿qué posibilidades estamos ofreciendo para que nuestros alumnos descubran algo que todavía no habían visto?
Quizás allí haya una parte importante de nuestra tarea.
Porque enseñar también puede ser abrir caminos para que otro aprenda a encontrarlos.
Y en una época en la que tendremos cada vez más respuestas al alcance de la mano, aprender a formular nuevas preguntas, relacionar ideas y construir una mirada propia puede convertirse en uno de los aprendizajes más valiosos que la escuela sea capaz de ofrecer.
En el próximo artículo vamos a detenernos justamente en algunos de los procesos que hacen posible ese aprendizaje: atención, compromiso activo, error, feedback y consolidación.
Todavía queda mucho por descubrir.
Muchas de estas ideas también encuentran un lugar muy fértil en el aprendizaje basado en proyectos. Preguntar, investigar, tomar decisiones, conectar saberes y producir algo propio se vinculan muy bien con este tipo de trabajos.
Si querés empezar a llevarlas a una propuesta concreta, preparé estas 10 preguntas para diseñar un ABP con criterio.
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